Mes: diciembre 2013

Aferrado

AferradoEra un universo blanco que abarcaba cuanto veía. Decidí por fin hacerle frente al nuevo día, que por repetido, formaba un único borrón en mi mente. Levanté mi cabeza, me recosté en la silla y coloqué mis manos sobre ese níveo mantel.

En el café reinaba el bullicio, henchido de voces, pasos y el entrechocar de la vajilla. Pese a ello el lugar era agradable, bien mantenido y con mucha madera lustrada. El sol temprano se colaba entre las finas cortinas que intentaban contenerlo. Mirando afuera, en un precioso jardín siempre encuentro o imagino una nueva flor que me durará, sediento, hasta mañana.

Me ha visto. Desde la barra me guiña un ojo y me regala una sonrisa. Siento que el sol reflejado en sus dientes me ha encandilado y sin voluntad, dejo al corazón levantar las comisuras de mis labios. Con su figura incomparable y ese uniforme negro y blanco que debe haber sido confeccionado por Armani por lo bien que le sienta, se dirige hacia mí.

No camina…navega entre las mesas. Tampoco. Cuando ya está cerca, advierto que flota en el aire —Buen día don Raúl— me saluda cantarina y comienza a servirme el desayuno. Temo que mi pasión se note, mi cara brilla, me traiciona y mientras ella danza a mi alrededor, creo ser un tomate.

—Gracias Camila— le susurro tímido, viendo que se aleja espléndida en un atardecer de mi ánimo. Las vituallas no saben a nada pero su perfume, que aun las impregnan, logra que no desperdicie ni una migaja. Estirando el tiempo con dos cafecitos, la despido inútilmente con la mano sin que me vea cuando cambia el personal.

Melancólico, me dirijo a la recepción como de costumbre, no tengo correspondencia ni llamadas, es como estar de incógnito, vacacionando. Le indico al conserje que almorzaré en mi habitación. No siendo el turno de Camila, no tiene ningún objeto codearme con esa multitud de huéspedes desconocidos.

Son casi las diez, si no me apuro la perderé. Corro por los pasillos hasta mi puerta, con agitación oigo a través de ella y aliviado la siento trajinar. Me calmo, trato de respirar normalmente, no quiero que note el atronador palpitar que sienten mis oídos. Impaciente, al rato entro, parezco tranquilo aunque la lava arde en mis venas.

¡Rocío! Exclama mi corazón declarando mis sentimientos también por ella. Terminada la limpieza está completando el tendido de mi cama y el arreglo de flores. Quizás no tan bella, pero siento que su abrazo me llenaría de cariño. Sé que en ese regazo puedo llorar mis penas o contarle feliz mis aventuras. Sé que sus manos acariciarán mis cabellos, cuando afligido e insomne, mire la luna en pos del sueño.

Pero mis labios timoratos no han pronunciado ni una palabra y ella, pensando que molesta, se despide presurosa —Perdón don Raúl, ya me voy…—. Frustrado por mi cortedad, el corazón triste y lamentando no haber correspondido como quisiera a mis amores, me recuesto para un breve dormitar.

Distingo el atardecer en el mosaico del techo que forman las rejas de la ventana. En esa penumbra descubro a mis compañeros de cuarto en dos hileras de camas. Tan grises como la habitación que se oscurece más por el contraste de algunas fotos en colores, pegadas desparejas en las paredes.

Con estruendo se abre la puerta, dos enfermeros del asilo empujando sillas de ruedas vocean: —La cena señores…, primero José y Alberto. A los demás les toca el segundo turno— vuelvo a dormitar oyendo acostumbrado cómo se alejan.

Me aferro al amor. Este lugar de locos no podrá conmigo. Será mañana, me propongo heroico: besaré valiente a Camila desparramando romántico su bandeja y abrazaré el regazo de Rocío para contarle gritando cuánto la quiero y la necesito.

 

Carlos Caro

Paraná, 30 de diciembre de 2013

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Esclavo

Esclavo 2Te reconocí aunque con dudas. Llevabas en tu estela una pareja de niños que atrasaban tu andar. El pequeño te seguía obediente y en su rostro recordé el tuyo. La niña, con el diablo en el cuerpo, porfiaba en seguir rumbos distintos y continuamente la volvías a encarrilar.

Se me desperezó la primera sonrisa del día, sentado tranquilo en el banco. El niño tenía tu belleza pero esa pequeña molesta había heredado, como un espejo, tu indomable carácter. Me pareció una muy justa vuelta del destino el que probaras tu propia medicina.

Siento en mis costillas el codazo irritado, que sin ningún empacho, me das. Asustado, miro hacia la maestra por si nos ha visto y resignado bajo mi brazo para que puedas copiarme impune la tarea. Con un enojo que en realidad no sentía, fui tu principal asistente al dejar la primaria en aquellos años iniciales de la secundaria.  Hasta te vanagloriabas de mi servidumbre charlando con tus amigas.

Ya menos inocente, comencé a entender que el mundo que nos rodeaba era al revés. Las mujeres parecían servir a los varones. Femenina hasta el tuétano, seguramente sentiste que tu reino tambaleaba y con un beso me marcaste como tu esclavo de por vida.

Mis labios sienten de nuevo esa suavidad. Me asombro ante su calor y creo hervir mientras lucho con el estorbo de mi nariz. Ese simple beso, que ni pasión ha sido, se quedó con parte de mi cerebro. Ni siquiera nuestro compañerismo, ya de juventud, me lo devolvió. Desde entonces, escamotea mi atención, me interrumpe sin ton ni son y me vuelve estúpido cuando más necesito ser inteligente. Siempre me distrae regresando a ese instante.

Rememorando, comprendo que llamé dolores a simples magullones. Cuando lo conocimos a Rodolfo le di un sincero apretón de manos ofreciendo mi amistad. Desde mi masculinidad no supe leer ese brillo distinto en tus ojos. Nuestro trío amistoso escondía solapado, la semilla fecunda de la traición.

Tarde, mi razón aburrida abrió por fin mis ojos y lo odié. Una furia homicida me poseyó y sin disimulo lo hubiera destrozado al, de pronto, extraño y lejano Rodolfo. Te veía aun inocente, raptada ignorante por ese pérfido personaje.

Ese fue mi primer dolor de hombre. Quedé sin aliento, sin luz. Perdí los sonidos y al apoyar la mano en mi pecho ni siquiera sentía el palpitar del corazón. Cuando reconocí que le brindabas un amor que nunca había sido mío, todo terminó.

Quedé vacío y desechable. Ni confrontación busqué y como un animal herido me arrastré lejos, a escondidas. Hubiera muerto antes de sentir tu lástima sobre mí.

Pasó el tiempo y varios amores fugaces. Reconstruí mi existencia y con sólidos ladrillos de realidad, levanté una casa a la que llamé hogar. La he recorrido mil veces y siempre encuentro un cuarto vacío. Viendo desde su ventana, mi memoria indulgente ha cambiado.

Nunca hubo promesas o compromisos. Aunque los hubiera habido, amargamente he aprendido que el amor no acepta mandatos. Si son impuestos, se esfuma y solo quedan un par de sonrisas huecas como un triste eco de lo que se perdió.

Por eso, ya con canas, he vuelto a recorrer estos lugares de infancia y juventud. Nunca sospecharás siquiera lo cerca que estoy. Mi amor no te pide nada, sólo saberte feliz. Quiero llenar ese cuarto vacío con, al menos, algunos retratos de vos.

Con una carcajada me sacudo tanta melancolía. En un rapto de genio, mi corazón me impulsa a una nueva aventura. La saboreo imaginándola, quizás me lleve mucho tiempo. Pero tu pequeña, tan distinta por fuera y tan igual por dentro, necesitará sin dudas a un viejo esclavo de enormes orejas que escuche, sin saber todavía, como resolver sus rebeldías.

 

Carlos Caro

Paraná, 17 de diciembre de 2013

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