Mes: enero 2014

El pink shark

pinkshark 2Fue un día agotador, lleno de pequeños problemas molestos y un calor agobiante, insoportable. Me prometí cien veces hacer algo para que el acuerdo de Kioto fuera al fin subscripto por los mandamases del planeta. La baraúnda de ruidos amenazaba la integridad de mi audición y me mantenían aturdido, dije basta y hui.

Estaba flotando, eché la cabeza hacia atrás y al sumergir mis oídos, atónito, sentí cómo cambiaban mis percepciones. Maravillado, me quedé quieto, sin mover un músculo, temiendo que sólo fuera un flash de mi mente. La persistencia del efecto, con recelo, me condujo a la confianza y lo recorrí con mis pensamientos.

No tenía tacto ni piel, mi temperatura era la de ese entorno líquido que me contenía ingrávido como en una  bolsa materna. Sin embargo nada me retenía y mis miembros… no existían; mi mente, rompiendo cadenas de nervios y carne, ni los recordaba. Comprendí su cansancio y su secreto anhelo de libertad.

Los sonidos sobre esa membrana entre el aire y el agua son patéticos y quejumbrosos, apenas perceptibles. Por debajo, reina mi aliento atronador, que me llega a través de las vibraciones de mi mandíbula. Lo detengo y, al fin, una añorada nada. Pero como el vacío no se acepta, mi cerebro oye ecos extraños y cantos de ballenas, imposibles en una simple piscina, lo cual también olvido y creo instantáneamente una salida al mar que siempre estuvo allí.

El gusto, por la falta de función en estos momentos, es otro de los sentidos exiliados. Por fin quedo a solas con mis ojos y mi olfato. Enmarcado por verdes murallas vegetales supongo que ese paño liso y celeste debe ser el cielo. En la canícula de la tarde luce impoluto y casi sólido. Ya me alarmo cuando una escuadra de pájaros, en formación de flecha, recrea la vida. Otra bandada sigue rumbo distinto y francamente me río cuando un despistado que algo ha olvidado, se afana veloz en sentido contrario.

Los aromas diferentes me llaman hacia los lados. Sorprendido encuentro los tallos más gruesos, las ramas más largas, las hojas infinitas, los pimpollos apenas contenidos y las flores apabullantes. Aun las más pequeñas parecen engordar sus pétalos en búsqueda de la gloria. Las más bellas, imperiales, desde sus podios, nos agradecen nuestros honores con un gesto de la brisa o un ramalazo aromático.

Es, lo comprendo, un lugar efímero. Una conjunción única de mi imaginación con lo físico. Nunca se repetirá, o no de esta manera. Como sé que no hay artilugio humano que pueda capturarla la he descripto. Sólo una mente a través de estas líneas podrá recrearla y disfrutarla.

Pensando haber cumplido con la posteridad, regreso a lo mundano. Alarmado, me preocupa ahora el ver de reojo la aleta dorsal de un tiburón que, girando alrededor, parece asecharme. No hay dudas viene por mí. Por la sorpresa me parece un torpedo rosado. Cuando me ataca con su carita inundada y una temible sonrisa, siento un ¡Abuelo! Y un par de brazos me hunden feliz en su futuro.

 

Carlos Caro

Paraná, 27 de diciembre de 2013

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El fin de las Eras

El fin eras 2Me detengo un momento, estoy tan cansado… Cada vez más abatido me pregunto ahora el porqué de mi peregrinaje. Ha sido tan largo que dejé fortuna y tiempo en mi afán de postrarme ante vos y suplicarte por el hombre. Indeciso a través de la ciudad de los reyes, llego al fin hasta el último puente, lo prefiero sin dudas al oscuro túnel del sur para cruzar así el río del este. Mediando su trayecto, mis ojos no terminan nunca de escalar los altos Zigurats de esta nueva Babel. Caigo arrodillado en reverencia. Me asombra la indiferencia hecha costumbre de la gente que camina o corre a mi lado. Confuso, me levanto y reanudo mi marcha, doblo a la izquierda y sigo la vía del sur, en cuanto me adentro por la calle del muro, siento tu enorme presencia. Tan andrajoso y vacío me ha dejado el viaje, que me siento invisible, la gente fluye a mi alrededor sin el más mínimo roce. Sus miradas no me ven, me atraviesan.

Ya estoy frente al magnífico templo que te guarda. Su poder me obnubila. Imagino a cada lado tus animales heráldicos, un rugiente oso que en dos patas amenaza y un embravecido toro que con sus astas bajas embiste. Intento encontrarte, pero no puedo entrar, como un sol me has secado, inmóvil en la acera.

Horas después, el sonido de una pequeña campana parece distraerte. Mis pies se desarraigan y huyo siguiendo la calle hacia ese otro templo que nuestros mayores colocaron allí como símbolo. Me refugio en la trinidad de su nombre, en el silencio de su nave, en el recuerdo nostálgico de su dios distinto. Allí sentado, reescribo en mi mente la historia de los dioses del hombre.

Imagino a ese homínido nuevo, que recién se piensa, durante una tormenta. Aterrado, escondido en la gruta, ve desaparecer el sol tras las nubes ominosas que lo sacuden con cada rayo y con cada trueno. El gemido del viento le suena a dolor y para cuando cae el diluvio, casi ya no es. Cierra los ojos, tapa sus oídos y encaja sus dientes. Agotado se rinde y se duerme. Al despertar, incrédulo por no saber cuándo, el mundo se arregla.

Desde el borde mira y todo está en su sitio, aunque ahora ve algo brillar. Ya está allí curioso, comienza así ese largo camino de los porqués. Adelanta su mano para estudiarlo y siente dolor. Atónito prueba de nuevo y reconoce algo en ese dolor. Mira hacia arriba y cegado entiende su calor. Ha nacido en su corazón el primer dios: el Sol, quien lo ama y le ha enviado una parte de sí mismo en ese árbol que arde fulminado. Ese fuego ancestral aún pervive en nosotros.

En otro renglón de la crónica, me despide un desesperado beso de mi esposa. En un largo abrazo la tranquilizo, estaré bien, el trigo ya está plantado y sólo queda regarlo. También abrazo a cada uno de mis hijos, comprometiendo su orgullo de hombres en la protección y ayuda a su madre. Al más pequeño no le importa nada y me baña las piernas con su llanto. Como desde hace años, debo aprovechar el tiempo hasta la siega trabajando en las construcciones del Faraón. En Saqqara soy uno más. Nunca creí que existía tanta gente. El trabajo es pesado pero bien organizado y bajo ese sol inclemente me anima el pensar que con lo que gane quizás pueda comprar un buey.

Con la pirámide que parece ya una montaña, comenzamos el día desconcertados. Los heraldos anuncian que en la zona de templos, el propio Faraón está por recibir antes del amanecer a Amón Ra. Miles nos inclinamos arrodillados cubriendo la planicie como un manto humano y cuando por fin los rayos del dios nos encandilan, reflejados en el oro y joyas del faraón, nos sabemos suyos.

Continúo volviendo. Estamos en el centro del universo, el ombligo del mundo: Delfos, con el templo de Apolo que contiene al Ónfalos, la piedra sagrada que, como marca, dejó allí el mismo Zeus. Hace semanas que esperamos el día de Apolo en que se harán los oráculos. Previamente ya entrevistamos a alguna de las pitonisas. Llegado ese día, es una muchedumbre la que espera: pobres y ricos, jóvenes o viejos, cualquiera que pueda pagar por él tendrá su oráculo. Pasamos de uno en uno, hacemos nuestra pregunta a viva voz y la pitonisa susurrando, le dicta en verso o en prosa al escribiente. Salimos aturdidos, empujados por los monjes para darle lugar al próximo. Sostenemos en las manos la tablilla de plomo que nos entregan, donde finalmente leemos nuestro destino, inexplicable, pero fatalmente definitivo.

Vuelvo a encontrarme con esa tormenta ancestral tan terrible. La gente huye despavorida del Gólgota. El viento y la lluvia han enloquecido, el cielo estalla y hasta la tierra tiembla. La cruz enorme se retrata sobre la negrura, con cada relámpago, con cada rayo. Sobrecogidos nos inunda el horror. Ha muerto el hijo del hombre y aún hoy no sabemos lo que hicimos.

Ciento once años antes del segundo milenio, entronamos a la Ciencia. Con galera y levita, entro a su templo, la Exposición Universal de París. Desfilo a través de su entrada, la torre Eiffel. Empequeñecido y reverente, me recibe orgullosa y me señala recorrer la Galería de las Máquinas. Allí, asombrado y soberbio, acepto con amnesia ese nuevo poder.

Sólo me resta contar que ayer nomás vi transformarse al oro en papel y desvergonzado, multiplicarse vicioso. Mi imaginación termina, y en un desolado silencio, te siento de nuevo opresivo. Todo ha sido inútil, lo entiendo, no hay súplica alguna que pueda conmoverte.

Has renacido desde la historia, becerro maldito, que nos dominás con tu áureo brillo de codicia. Esta vez no tenemos a un Moisés que te rompa con las lajas divinas. Estamos solos frente al abismo, más de siete mil quinientos millones y… contando.

 

Carlos Caro

Paraná, 21 de noviembre de 2013

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Debo dejarte ir

Dejarte ir chicoA pocos días de tu extinción mi razón ya no encuentra motivos para seguir llevándote. Sin embargo, esa punzada de dolor en mi corazón me advierte, sabia, que como siempre me equivoco. Normalmente callada, el alma me grita como conciencia, cuando mi carne desvaría. Es una lucha entre titanes, mi razón se le planta soberbia cargando todas mis ciencias. El campo de batalla es mi mente y seguramente la disputa, me dejará algunas lágrimas como daño colateral.

Cuando te conocí disfrutábamos de unas tranquilas y añoradas vacaciones. Con Julia éramos dos gatos que, panza arriba y con los ojos entrecerrados solo tomábamos sol. Tu compañía suave apenas se dejaba sentir. Afianzamos nuestra mutua confianza durante el regreso a la actividad. Fueron momentos de nuevos desafíos que renovados y contentos afrontamos con decisión.

Estuviste allí, cuando despedí a un hijo que, no del todo convencido, partía a una lejana ciudad. Estrenando su primer trabajo se encaminaba a un futuro totalmente distinto. Ni tuve tiempo de pensar en el famoso “nido vacío”. De países lejanos “aterrizó” mi hija, trayendo junto a su equipaje a uno de esos tornados de Texas. Tal era su potencia que pese a sus tres años devastó “las instalaciones”, hizo añicos mis rutinas y me colmó la paciencia y los oídos. No contenta con eso, ella también se quedó con una parte de mi corazón

¿Cuántas partes puede tener un corazón? Ahora creo que infinitas. Están nostálgicos cada uno de mis amores de ayer, vibrantes los de hoy e increíblemente ya hasta tienen su lugar los que imagino para mañana.

Pasado el ventarrón volvimos a encontrarnos. Fuimos desgranando juntos los meses, buscando nuevos lugares y amigos. Alguno, quizás, mira ahora tras mi hombro, este cuento. Pareciste alegrarte conmigo cuando esta casa fue designada la sede oficial de la navidad.

Creo que solo Julia sospecha lo importante que me resulta. En este mundo cambiante que busca convertirnos en anónimos, por fin puedo brindarles a mis hijos lo que yo no tuve. Un lugar en el que, comenzando ya la cuarta generación, puedan considerar un hogar. Ese que sé ellos sienten como su origen y al cual pueden regresar a abrevar cuando lo deseen o necesiten.

Me siento secretamente feliz de que a las llaves de esta casa las tengan tantas personas queridas y ansioso deseo, cual cerrajero, que aumente su número. Ya está hecho. No hay mandatos. Aunque mañana todos sus ladrillos fueran polvo, nuestro hogar viaja con ellos.

En medio de tan buenas expectativas, te apareciste un día con la noticia de un renovado dolor de una amiga. Fue tan cruel que sentimos como si con un baldazo de agua apagaran el fuego ¿Cómo no acompañar esa pena ya penada? Desde mis errores de años traté torpemente de acercar el poco consuelo que había aprendido.

No cejaste en tu papel de cuervo una, dos veces más nos contaste incrédulos la pérdida repetida que sufría. Era como que el destino le disparara a su alma tiro tras tiro, borrando su mundo de décadas y con esos golpes intentaba llenarlo de sombras.

Llegaron al fin las navidades y acompañaste a cada uno de mis hijos al umbral de casa. Fue tanta la alegría que olvidando tu máscara macabra te pedimos te nos unieras. Todo salió tan bien como imaginamos, sólo algunos problemas prácticos, intrascendentes y de los cuales ya sólo recuerdo los graciosos.

También tuvo un sabor agridulce. Aún a ahora sigo aprendiendo la vastedad de la solidaridad humana. Cómo una amistad sincera supera cualquier prejuicio. Saber que mi felicidad era una bombilla de luz en ese atardecer de mi amiga y sabiéndolo, ser doblemente feliz para iluminarlo aun con más fuerza.

Cuando terminó, todo fue sosiego y retirada. Luego, justo el treinta y uno de diciembre, perdiste tu trabajo. Taciturno presentaste a tu sucesor bajo los fuegos de artificio. Ambivalente y como buscando consolarte, imaginé seguirte algunos días más.

Ha pasado Reyes, aún no tengo la perspectiva del tiempo necesaria como para apreciar lo bueno y lo malo que ha sido conocerte. Sólo puedo asegurar, antes de dejarte ir desechando tu almanaque vacío, que tu número es ya uno de los hitos de mi memoria.

 

Carlos Caro

Paraná, 10 de enero de 2014

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Hacia el día

Hacia el día1

Transito extrañado pese a lo repetido, por un camino inmerso en una niebla profunda. Hacia los lados apenas distingo troncos de árboles, no sé cuáles, pues su copa queda oculta. Al frente todo parece más claro, es un limbo gris sin límites que trasluce la luz. Miro curioso hacia atrás, de donde vengo y el corazón se me congela. La niebla se va oscureciendo progresivamente hacia un universo negro que lo atrapa todo. Ese yo, es tan total que con horror me apresuro adelante, no vaya a ser que a deshora me retorne.

Le presto desconfiado, atención al camino, parece recto, como si el hombre hubiera tenido algo que ver. Es de una grava pequeña y ya me molesta. Entiendo, mis modernos pies protestan por el maltrato, quieren sus suelas de siempre. Los obligo, desnudos y tanteando precavidos, finalmente siguen.

Ellos, por asociación me las recuerdan y miro atónito mis manos. Las reconozco junto a mis antebrazos, mis dedos parecen perlados en este entorno crepuscular. Redescubriéndome, audaz las llevo a mi rostro. Asustado siento ese doble tacto, el de mis palmas y el de mis mejillas. Exploro mi… cara y descubro mis… ojos, que parpadean. Siguen con mis cejas, mi pelo y ya yéndose, ellas se topan con mis orejas y su roce produce el primer sonido del mundo. Allí esperaban agolpados todos: mis pasos sobre la grava, mi respiración que como una leve brisa agita esas hojas escondidas a espacios regulares, mi palpitar que se parece a un incomprensible y lejano tambor.

Más consciente recupero algo de ánimo y me salgo del camino para explorar el insólito paraje. Recorriendo esa columnata vegetal me intriga la falta de retoños, pareciera que la vida aquí no se reproduce. Veo troncos de diferentes formas y tamaños; unos rectos, de corteza sana, que me sorprenden por lo variado de su diámetro: desde los que rodearía con un abrazo hasta aquellos en que tendría que multiplicarme para poder abarcarlos. Los otros, retorcidos, con huecos y protuberancias, han crecido sin ningún control. De corteza aberrante y malsana. Como si otra mente los hubiera generado, me producen dolor de solo mirarlos.

Descuidado, me apoyo en una de las reconfortantes columnas. En un inesperado shock evocativo, veo mis manos nuevamente agarrando con fuerza el manillar. Bajo el sol del verano, me unen con una larga soga de nylon a la lancha que en el agua, poderosa, me arrastra tras de sí. Sobre el monoski, azotado por ese viento de juventud, voy zigzagueando de un lado al otro, saltando en el aire cada vez que cruzo la estela, más alto…, más rápido…

Trastabillo desconcertado por la sorpresa, para no caer me aferro a un tronco inmundo y pegajoso. Ahora el sudor me empapa bajo las mantas de mi pequeña cucheta. Tapado hasta la cabeza, oigo a las serpientes negras que se deslizan por debajo, buscándome. Mis manos tapan mi boca y mantienen amordazado mi grito de miedo, aterrado siento como raspan la madera. La pierna se me congela inmóvil bajo el susto de ese peso extraño, hijo de la noche.

Con esfuerzo consigo despegar mi mano tan de golpe como si se hubiera quemado. Aún tembloroso noto que aquí la niebla se ha tornado más espesa y oscura. Imagino lo que sería perderme en este bosque ceniza y regreso amedrentado al camino.

Se nota ya más claro; me dirijo cual flecha hacia un centro de luz. La pendiente cambia y me impulsa a correr hacia él; sin embargo no hay agitación, solo me deslizo. Siento unos sonidos pequeños, ininteligibles, pero aun así ya los amo. Abro los párpados. Con la mente en blanco, mis ojos se acostumbran a ese fino rayo de sol y el piar de los pájaros termina de despertarme por fin.

 

Carlos Caro

Paraná, 6 de Noviembre de 2013

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