Limpieza

LimpiezaLa orden ha sido terminante, el tono inapelable. Enfurruñado me encuentro asándome en la caldera de un horno, vaciando de trastos el armario del garaje. Termino reconociendo la razón del reclamo de Julia. Ya he llenado dos bolsas y sigo descartando cables viejos, latas vacías, clavos, tornillos y arandelas. Varios trozos de soga para emergencias, pero con tantos años, que a no ser que intente suicidarme con ellos no tendrán el menor uso. Bidones inútiles y varios envases con restos de extraños aceites minerales. Todo enmascarado detrás de un polvo ubicuo. Frunzo el ceño pensando quien ha excluido al plumero de estos lugares.

Mi mal humor campea cuando sorprendido tiro de él. Mi mano me parece extraña mientras lo sostiene vacilante con ¿Temor, admiración, incredulidad? El mundo se aleja y me encuentro aislado, suelto la bolsa y con delicadeza intento recuperar sus restos. Con paciencia y ternura lo voy liberando poco a poco, de esa compañía que, envidiosa, lo aferra. Controlo mi ansiedad para no dañarlo más y por fin, tras las centurias que han pasado en esta porfía, lo acuno en mis brazos.

Me siento culpable por su estado y por su olvido. Es extraño, desde pequeño me he apegado mucho a las cosas. Siento como que en ellas persisten los momentos felices que compartimos. Más tarde, razoné que con una infancia tan llena de mudanzas, aparte de mi familia, representaban una inmutabilidad y permanencia que el resto de las personas no me daban.

Sea como fuere mi personalidad se formó rara. Al interactuar con cualquier objeto, luego de un tiempo les encuentro una personalidad. Intuyo que su existencia depende de la mía. Que sufren y se alegran según me compartan. No les asigno conciencia pero creo tienen un lugar en la mía.

Me siento en el primer escalón de la escalera y con un paño, limpiándolo, trato de mejorar su aspecto. No tiene remedio, su brillante papel amarillo luce deslucido, manchado y roto. Su alma que es su cruz esta descuadrada, las cuadernas de cáñamo, resecas y arqueadas. De su otrora orgullosa y multicolor cola, sólo queda un corto trapo sucio.

Desolado me encuentro con papá o el tío Alfredo que en diferentes momentos de la infancia me revelaron los arcanos secretos de su construcción. Me fabricaron sólo tres y a todos los perdí torpemente, enredados entre cables de electricidad. Tuve que presenciar con impotencia cómo el viento, la lluvia y el sol los transformaron en nada.

Años después, buscando una pequeña revancha a la vida, le transmití ese entusiasmo a mi hijo. Alegres partimos en pos de los materiales necesarios y entonces me encontré con que los años transcurridos eran una montaña y el mundo otro, distinto.

Toda búsqueda fue inútil. Tuve que comprar una caña de pesca para de ella, destruyéndola, recortar los livianos y fuertes brazos de la cruz. Incrédulo busqué hasta el hartazgo al hilo sisal y resignado lo reemplace de mala gana por hilo de nylon. Por suerte el papel de seda ha sido más persistente y aun me río recordando lo que demoramos y discutimos al elegir su color.

Entre estas dificultades para conseguir sus componentes y mis lagunas mentales sobre su construcción, demoramos casi dos semanas en tenerlo listo. Allí estaba, el magnífico barrilete amarillo de mi hijo, casi tan alto como él. Anudamos muchos retazos de colores que formaron su larga cola y partimos airosos a probarlo.

El viento era propicio y por mis amargas experiencias, elegimos situar la lanzadera de Cabo Cañaveral en medio del Parque. No fue fácil, debimos corregir el amarre de los hilos para que su inclinación lo elevara al cielo. Después, cabeceaba demasiado y fuimos alargando su cola con más retazos. Cada despegue exigía una carrera hasta que el viento se hacía cargo. De modo que recién al atardecer, agotado, pude al fin ver a mi hijo disfrutar de su vuelo tranquilo.

La luz menguante me reencuentra en las sombras del garaje. Con cuidado desaté la cruz y lo plegué con suavidad. Aprovecho una desechada caja de cartón y lo guardo allí, junto a mis recuerdos. Lo escondo en un lugar más protegido; sé que Julia me entenderá

¿O yo también me escondo y no se lo cuento?

 

Carlos Caro

Paraná, 22 de enero de 2014

Descargar XPS:  http://cort.as/D3q8

 

 

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6 comments

  1. El desorden de la casa, toda o algún rincón, es una simple manifestación más de la entropía universal. Y sí, los objetos se llenan de recuerdos y cobran vida hasta que resulta impensable desprenderse de ellos.
    Besos: Sol.

    1. Gracias por leerme arruillo y estoy de acuerdo contigo que a la vida hay que afrontarla, sin embargo este no es un cuento. Quisiera verte a ti desafiando a Julia jajaja. Un abrazo

  2. Me ha encantado este cuento-recuerdo tuyo, Carlos. Me identifico contigo en eso de otorgare a los objetos la posesión de una identidad y un alma propias. Y ellos son, también para mí, anclajes en el tiempo, boyas que marcan la localización exacta de una risa, de un escalofrío o del olor de un perfume. He disfrutado mucho leyéndote. Un beso grande.

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