Sobresaltos

Sobresalto1Me despierto atontado por el ruido del timbre ¡Otra vez! Julia ha cerrado la traba y la señora que limpia no puede entrar. Como un zombi tomo las llaves y me apresuro. A los cuatro pasos, mi cerebro que sigue dormido, con un destello me advierte que esas no son. Ya francamente molesto las cambio con un gesto altanero y me apuro hacia la puerta, arreglando como puedo mis cabellos y el pijama ¿Altanero con quién? me pregunto abriendo la entrada.

No hay nadie, sorprendido recorro con la vista toda la cuadra sin resultado. Cierro y mientras regreso experimento diferentes sensaciones: dudas por si lo sigo soñando, enojo por si ha sido algún gracioso y por fin desconcierto, pues todavía no me reconozco despierto. Con un suspiro, me vuelvo a acostar aliviado en el dormitorio aun oscuro.

Con calor después de almorzar, lleno apurado las bombitas de agua. Maldigo cuando por exagerado, alguno de esos pequeños globos de goma, por la presión de la canilla, estalla en mis manos. No importa, obsesivo, las sigo acumulando en el balde de plástico verde. Flotan en el agua, que a medida que las agrego va rebalsando. Es el único modo de mantenerlas húmedas para evitar que exploten al secarse. Creo que son suficientes y me corre la hora.

Me despido con un grito y bajo cuidadoso las escaleras. Aunque hoy el balde se me hace liviano debo evitar que el agua se derrame. Ya en la vereda y mientras espero “la bomba” estudio el campo de batalla. Diviso a mis aliados, cada cual con su colorido balde. Estamos desparramados a lo largo de las varias cuadras que alcanzo a ver. Con ansiedad trato de divisar los arteros escondites “del enemigo”, las mujeres. Las muy tramposas no tienen ningún límite y nos enfrentan las chicas, sus hermanas mayores, sus madres y hasta sus desvergonzadas abuelas.

Cuando la campana del reloj de la municipalidad comienza a dar las dos de la tarde nos aturde, cual trueno, la explosión de artificio que marca el reinado del Carnaval de agua. Cualquiera que durante la siesta no esté a refugio es un participante. Nos vamos juntando en grupos y nos dividimos el vecindario en diferentes zonas que comenzamos a explorar. Con el balde a cuestas sostenemos, amenazantes, pronta en la otra mano, una bombita, cada tanto la cambiamos por otra para que no se seque. Sólo la adrenalina que produce muestro sigilo nos permite mantener el esfuerzo.

De repente se abre la puerta de un zaguán, con una ensañada sorpresa nos ataca una tribu completa de mujeres. Vasitos, jarros, jarras y baldes son las armas con las que nos empapan de los pies a la cabeza. Hacemos tropezando una retirada estratégica para poder apuntar mejor y no llegar a la impensable lucha cuerpo a cuerpo. Pero… cuando nuestras bombitas les llueven sólo encuentran la puerta cerrada y un coro de divertidas risas femeninas. El desconcierto es tan grande que mientras seguimos adelante no sé quién evapora el agua de mi cuerpo si mi cólera o ese sol inclemente del verano. Más tarde no nos va tan mal, dando y recibiendo. Oímos nuevamente la explosión que marca el fin del desenfreno pluvial y la siesta a las cuatro de la tarde.

Nos vamos despidiendo de los eventuales compañeros cuando, justo a pocos metros de casa, me bañan desde un balcón. Las maldiciones quedan desesperadas dentro de mi boca, buscando inútil a las responsables escondidas. Por fin una sospecha atroz me hace correr hacia la puerta, podrían estar llenando el balde de nuevo las muy sordas.

Después de cenar, me doy cuenta que he rumiando mi venganza todo este tiempo. Me relamo anticipándome mientras recorto el pico del enorme pomo de plástico rojo. Su chorro de agua no será delicado, será como una inundación que bañe completa a esa arquetípica víctima.

Pido permiso y al rato me instalo en un banco de la plaza. Es la hora de “la vuelta del perro” en la que a pie o en auto, media ciudad gira a su alrededor. Lo hacen, me ha contado papá, para verse, para saludar, para conversar y conocerse. En fin, todas esas pavadas que parece que dentro de poco, misteriosamente, yo también compartiré.

Soy un tonto, me digo luego de un rato a mí mismo, cuando advierto que un grupo de chicas al ver el anuncio rojo que llevo, se cruzan prudentes a la otra vereda. Molesto me escondo detrás de un árbol y espío con un ojo depredador. La dejo pasar magnífica y, artero, por atrás le vacío medio pomo.

— ¡Ay! El pelo no… —. Me dicen afligidos esos ojos que me transforman inmóvil en un retrato.

—Perdón, era jugando— me disculpo mentiroso. Todo mi encono y venganza se me revela engaño y se esfuma dejándome miserable. El peso de una mano enorme sobre mi hombro libera mis músculos de la parálisis.

— ¿La están molestando señorita?

Increíblemente los ojos tristes se vuelven pícaros y su sonrisa iluminando la noche me redime.

—No agente, sólo estábamos jugando al carnaval— parpadea y se aleja como si bailara.

—Vamos pibe, agarrá el pomo que se te cayó, me vas a tener que acompañar a la comisaría.

Es un camino del que, por la cabeza gacha, sólo recuerdo mis pies.

—Sentate en el banco— me señala.

—Che Pérez, vigilámelo. Anda molestando en el centro, le aviso al oficial y me vuelvo.

Llevo días sentado en ese banco, deben ser como las tres de la madrugada.

—Acérquese— me conmina el agente Pérez detrás de un alto mostrador.

— ¿Nombre, apellido, dirección y teléfono? — Por un instante quiero mentir como un nene, pero hoy he dejado de serlo. Le dicto mis datos en el orden requerido y espero valiente la condena.

—Mire, por la fecha lo voy a dejar pasar. Tire el pomo a la papelera y vuelva directo a su casa. En un rato lo llamo por teléfono para asegurarme, vaya no más.

Asombrado y como fugado, corro, vuelo en el regreso. Al pasar leo confuso la hora en el reloj de la municipalidad. Sólo las once ¿Es la misma noche? Por las dudas entro despacito a casa, sin hacer ruido me fijo si hay luz por debajo de la puerta del dormitorio de mis padres. La oscuridad es ahora mi aliada, levanto el pesado teléfono negro y me siento con él sobre las piernas en el sillón del comedor. También tengo la mano pronta para atender de inmediato esa llamada de control, sin el más mínimo ruido.

Vuelve a alargarse el tiempo y me duermo. Suena el teléfono, me incorporo sorprendido. Pienso que se cayó adelante pero suena a mis espaldas.

—Si agente…

— ¿Juannn…?

— ¿Qué? No, acá no hay ningún Juan.

—Perdone, equivocado.

¡Maldición! Se han puesto de acuerdo en despertarme. Recurro una vez más al infalible método que descubrí aquella noche. Cuando mis padres me despertaron al día siguiente, aún en el sillón, sostenía el auricular en mi mano; para que al agente Pérez le diera ocupado.

 

Carlos Caro

Paraná, 07 de diciembre de 2013

Descargar XPS:  http://cort.as/D3ao

 

 

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6 comments

  1. Es un gran crimen mojar el pelo a una mujer después de todos los potingues que se necesitan para domarlo. El agente lo comprendía y tuvo que detenerte para que aprendieses la lección. Tendrían que condenarte a trabajos forzados de peluquería.
    Un beso: Sol.

  2. Ese Carlitos niño, la de picias que no haría… buena idea la guerra de globos de agua, voy a escribir a todos los presidentes del mundo sugiriéndoles que cambien las bombas que matan por estas que solo mojan. Ahora me está viniendo a la memora una canción de Rafael Amor que habla de batallas infantiles, compatriota tuyo que le canta al amor y a la vida como nadie, pero no me acuerdo del título. Voy a rebuscar entre los baúles del recuerdo a ver si lo localizo y te lo paso. Bonito cuento, batalla incruenta de tu niñez perenne. Un abrazo.

  3. ¡Que bonito!…me invadió la ternura y también los recuerdos de cuando fui niña…mi hermano, los globos, el balde…risas cómplices, adrenalina…

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