Cuento literario

Cuentos agradecidos, antología

Cuentos agradecidos

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Les presento mi tercera antología. Haciendo costumbre se corresponde con este blog II, al cual he reordenado para que quede en el mismo orden. Fueron escritos entre octubre de 2013 y enero de 2014. Es la primera vez que escribo los cuentos interactuando con compañeros, amigos y público; tanto en el Blog como en las redes.

Ha sido y, sigue siendo, una experiencia inigualable. No soy yo quien pueda decir que he mejorado, solo puedo afirmar que algo he aprendido. Por eso el título: agradezco cada comentario, crítica o propuesta. Todos, de una u otra manera, me han enseñado algo.

Como es habitual, el link de descarga les deja un comprimido que con doble clic (como indica el nombre) da una carpeta con los dos formatos más usados de libros electrónicos y un PDF.

Carlos Caro

Paraná, 31 de marzo de 2014

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Flora

Flora liibook Me gustSentí el golpe, de tono grave y profundo, como resignado. Un presentimiento me molestó intrigado. Nervioso abrí las cortinas y los ventanales para asomarme a la terraza. Una luna finita apenas iluminada. Giré hacia un lado y hacia el otro, quise sentir, ya que el ver era poco. Pero nada, no se repitió. Era una noche normal en que la ciudad murmuraba. Intranquilo cerré todo y volví al refugio de mi lecho.

No sé si ya dormido, la miro a mamá mientras planta un palo borracho en el fondo de casa. Casi de mi altura lo veo escuálido pero de temer, esta erizado de espinas amenazantes.

—Pero en la ciudad hay muchos de estos ¿Por qué otro palo borracho? — razono intrigado.

—Los de acá son blancos y de tronco panzón. Éste es distinto, es hijo de los que trajo tu abuelo del Paraguay. Con flores fucsia y su tronco es esbelto, casi columnario— Me enseña, mientras con gruesos guantes lucha con el larguirucho para acomodarlo en el hueco

—Va a ser tu compañero, si te cuidas, durará tanto como tu vida. De esta especie no son muy longevos, pero mientras conserve alguna raíz, se mantendrá de pie.

Al darme vuelta entre las sábanas, un olor a comida me regresa a esos almuerzos de los domingos; mientras mastico, lo miro desde la casa. Sigue flaco pero su copa ya se extiende hasta la terraza.

Parpadeo irritado y lo redescubro en el borrón de las lágrimas cuando tomó posesión del lugar. Me aferro a esas paredes como si pudieran mantenerme unido a mis padres perdidos.

Aturdimiento, trabajo y evasión escondieron el dolor, pero también extraviaron mi alma. Creí empezar la vida de nuevo. Con mi compañero y una nueva familia, hui de la memoria, regalé todas las fotos. Embalé y escondí en cajas todo vestigio del ayer. Ni advertí que allí también quedaban, polvorientas, mi niñez y juventud.

Todos florecimos y nos extendimos. Tanto que ya nos estorbábamos. Su majestuosa copa abarcaba medio jardín. Firmemente apoyada en esa columna vegetal imponente. Seguíamos las estaciones con sus tiempos. Primero, lleno de hojas verdes que abanicaba la brisa. Luego, todas perdidas para no distraernos, mientras nos mostraba miles de flores extrañas y fucsias. Más adelante, con ellas también perdidas, resaltaban los frutos.

Siento de nuevo la impresión, sonriendo, cuando verde aún alguno se desprendía. Era casi medio kilo que cayendo desde siete u ocho metros de altura, producía un ominoso quebrar de ramas que te petrificaba como posible blanco. Al fin secos por el sol, se abren, descubriendo un corazón de algodón. Comienzan a deshacerse en mil flecos, llevando las semillas flotando lejos en el viento.

Era demasiado grande y limpiar sin fin todos los rastros de sus bellezas, nos condujeron inconscientes a su poda. Otra vez revivo mi caminata al horror. Cuando regresé de trabajar me dirigí hacia el ventanal. Había demasiada luz, a lo lejos veía al sol en lugares ajenos. Empecé a jadear de ansiedad y de miedo. Azorado se me hizo Cristo en la cruz. De su espléndido torso salían cuatro cortos muñones.  Su copa vibrante había desaparecido y el jardín impúdico lucía desnudo de sombra su revancha.

En medio del dolor, creo que solo quisieron darme esperanza. Me explicaron que los árboles tienen tanta raíz como copa, que quizás algunas sobrevivirían y lograrían el milagro. Había que esperar. Y esperé…

Me despierto tarde y con dolor de cabeza, molesto me acicalo y preparo el desayuno, coloco la bandeja sobre la mesa frente al ventanal y al levantar la vista, mis ojos ven por fin lo que mi corazón herido ya sabía.

No ha querido ni molestar. Sin raíces, anoche, se apoyó contra la pared cercana. Hasta su fin ha sido orgulloso, no cayó.  Murió de pie como mueren todos los árboles.

Todo el tiempo del mundo se abate sobre mí y mientras vuelvo a escuchar el vaticinio de mamá, lo entiendo descarnado. Yo tampoco ya tengo raíces.

 

Carlos Caro

Paraná, 24 de octubre de 2013

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Lluvia

lluvia 3Llueve…, me lamento y mi ánimo como si soplara una vela, se apaga. Miro taciturno ese cielo gris sin matices. El mismo gris, mire hacia donde mire, incluso en mi entorno. Esperanzado cierro los ojos y me desengaño en seguida, ya está hasta dentro de mí. La melancolía me arrebata y sufre mi memoria.

Ni siquiera es tormenta, que me deja atónito por su poder, que me espanta con el rayo, que hace resonar mi vientre con el rugir de los truenos.

Ni siquiera esas rachas de viento huracanado en que la lluvia en vez de caer pasa de largo. Ni siquiera esas enormes nubes oscuras que luchan entre sí hiriéndose con los relámpagos que las perfilan.

Ni siquiera puedo con reverencia ancestral, pensar desde el fondo de la gruta que los dioses están enojados y castigan al mundo. No… Ni siquiera.

Es el limbo, es el hades o quizás, el purgatorio ¿Habrá un sol todavía más allá del gris? ¿Existirán los colores y reconocerán sus lugares? Estoy desvariando desorientado y mi mente se pregunta por qué.

Me veo pequeño, pegajoso por el calor del verano, salir corriendo ante el primer trueno. Nos juntábamos en bandas, en las plazas o en el parque con una semisonrisa anticipatoria. Ante todo, encontrar un refugio apropiado, allí quedaban pantalones cortos, remeras, medias e increíblemente, zapatos abotinados; todo debía permanecer seco y limpio pues si no, las madres de la banda, aplicarían implacables el correctivo merecido.

En calzoncillos esperábamos las primeras gotas y entonces estallaba la fiesta, mil sonrisas recibían la lluvia. Era un baile maravilloso mientras el agua nos recorría el cuerpo. Dejándonos frescos y limpios. Con los cabellos chorreantes, agitábamos la cabeza para sentirla coronada con miles de gotitas que se desparramaban alrededor.

Pero lo mejor eran los charcos. El saltar descalzos sobre ellos produciendo explosiones de agua que nos mojaban ya mojados. El patearlos fuerte, con fingido encono, para salpicar inútilmente a otro. Esa sensación del pasto inundado, las plantas de mis pies la recuerden aún hoy, secas y gastadas.

En cuanto escampaba, era el desbande general llevando a cuesta el bulto de la ropa y los zapatos nos apresurábamos en el regreso a “las casas”, para esperar jugando hasta que el próximo trueno nos llamará cual clarín, otra vez a la contienda.

Pensando en aquella sonrisa infantil me encuentro en la casa de los abuelos de Julia, en el campo. Estoy de visita de novio, todo seriecito, pero la pícara abuela no me da tregua, me ofrece vianda tras vianda y chiste tras chiste. Feliz, abandono mi camuflaje y río desbordado. Ya hasta contraataco y retruco animoso y así es que de pronto… La cocina llena de gente, se ha hecho familia y amigos y pueblo.

La lluvia aquí detiene el afán, no hay tarea posible en el campo, es el momento que sin culpas ni remedio, todos se dedican a todos. Si cerca con paraguas, si lejos con el automóvil. El día transcurre visitando y recibiendo. Se ponen al día de las noticias y chismes, se intercambian recetas, se opina de la calidad de las semillas de este año y a veces, hasta se cura de palabra algún empacho.

Por supuesto siempre hay un juego de cartas, yo creo que más por tener otra excusa para hablar que otra cosa. Mi mente masculina no puede entender cómo cuatro o más mujeres sostienen al unísono cuatro conversaciones distintas, contestándose y sin perderse. Es como que cada una habla consigo misma, pero no, han seguido todo.

Mientras regreso a mi día gris, todavía quema en mi boca ese bocado de torta frita recién preparada por la tarde. Contrasto mis lluvias felices y me doy cuenta que me faltás.

Tu ausencia es la que me opaca el día. Los años se me amontonan encima y el frío llega a los huesos. No importa, te busco en los recovecos de mi conciencia y como siempre te encuentro, enciendo el fuego y en su calor te abrazo juguetón.

Mi beso se hace sonoro en mi mente sobre tus labios y te invito a pasar esta ahora agradable lluvia conmigo. Con mi mejor sonrisa te prometo mentiroso que no, no saltaré sobre ningún charco.

 

Carlos Caro

Paraná, 16 de Noviembre de 2013

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Noche de Ópera

Noche de OperaCon poca luz, en medio de la función, espié tu semblante de soslayo; no quise que sintieras mis ojos ni que tu coquetería sobresaltada me advirtiera. Tu rostro era sereno y trasuntaba una gran felicidad.

Respetuosa, reprimías la sonrisa en tus labios. La soprano que se empeñaba con el Aria “Dove sono i bei momenti”, lo hubiera notado de inmediato irritada. Estabas tan absorta e inmóvil que entrecerrando los párpados, hui del tiempo.

Desaparecieron las arrugas y el mármol tibio no bastaba para describir la sensación que sentían, inmóviles, las yemas de mis dedos al recorrer tu rostro. Los ojos se agigantaron y tus iris que cambian de tonalidad según el humor y el entorno, me mostraron el verde más profundo que anidabas. Tú seño olvidó antiguas y nuevas preocupaciones, distraído, se relajó tranquilo.

Por comodidad te recogiste el pelo en un elegante rodete. Es ahora el perfil al cual un día le rendí mi corazón. Admiro las pequeñas orejas que coronan tu fino cuello de bailarina. Ese, donde me pasaría la vida aspirando los suaves perfumes que eterna elegís para mí. Pese a los años, nunca me creíste la fuerza de su embrujo.

Hoy se agiganta y dispara mi imaginación. Rendido e incrédulo veo como se superpone sobre él, el de nuestra hija. Me resulta milagrosa la correspondencia. Estoy viendo los dos a la vez, como si fueran dos recuerdos que evoco juntos, disolviendo los años que los separan. Noto graciosas diferencias de modas, en los aros y el maquillaje, quizás la frente más despejada y sus ojos son más parecidos a los míos.

Sin embargo la mirada es la misma. Es una mirada de madre. Envidioso varón solo puedo descubrir el amor, el cuidado, el ignorado sacrificio. Hasta esa gota de culpa porque nada es suficiente. Como siempre, la impotencia me deja un regusto melancólico, mi cerebro sabe que hay mucho más allí pero…, necesitaría un nuevo sentido para captarlo.

De tanto fijarme, miro ahora a la soprano. La burbuja de mi inconsciente la engulle y la transforma. Aunque su constante movimiento me lo dificulta, la envejezco veinte años y feliz superpongo ese nuevo tercer perfil amado.

Quizás hayas dado origen a una nueva raza de mujeres, de orejas como flores y cuello de cisne. Un ramalazo atávico de “páter familia” me hace fruncir el cejo pensando en ese tan sospechoso como futuro novio.

Tal molestia me devuelve al espectáculo. Con toda seriedad y circunstancia la “Condesa Almaviva” de tres años, casi cuatro, trata de convencernos con el Aria de Las bodas de Fígaro, mitad inglés mitad español, que su vida no tendría más sentido si tiene que irse a dormir justo ahora. Finalmente, cuando toda la ópera terminó y tanto el público como los artistas ya han apagado obedientes la luz, me doy cuenta, sin resignarme y frustrado que le entendí mejor la parte en inglés.

 

Carlos Caro

Paraná, 24 de diciembre de 2013

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Gardenias

                                                                                                                                                                   Dedicado a una amiga

 

Gardenias 1Al fin pude arreglar todo. Huyo y corro despavorido, miro temeroso sobre el hombro y tropiezo, caigo y ruedo pero me levanto al instante y sigo corriendo, ni siquiera me preocupa si me he lastimado. Me calmo sólo al dar la vuelta de la esquina, creo que escapé.

Me detengo respirando agitado y me impongo recuperar el aliento. Mi mente sabe que sueño, me engaña y lo tiñe de realidad. El día es cualquiera, anodino e insólito. La brisa se ha detenido y las hojas de los árboles lucen paralizadas. No hay tránsito ni personas. Con esperanza miro hacia arriba y tampoco encuentro a las aves ni siquiera encuentro al sol, sólo un cielo de color pastel, celeste grisáceo, opresivo y uniforme.

Me pongo en marcha sin rumbo, el instinto me indica alejarme. Las flores me niegan su perfume y están cerradas. Medito si es por mí o este extraño lugar que me aloja es siempre así. Oigo lejano un corto ladrido de perro y el escucharlo me descubre incrédulo el silencio total que me rodea. Sin embargo, le han abierto una fisura y ya también oigo mi aliento y mis pasos. Sin orientación alguna, inconsciente quiero buscar el ladrido.

La calle es una cortada y me encuentro decidiendo como una cuestión de vida o muerte la dirección a seguir. Atónito veo a la derecha, a pocos metros, una imposible planta de gardenias enraizada en una grieta en medio del asfalto.

Sé que mi mente juega conmigo, mas con una sed infinita aspiro su aroma y lleno mis ojos vacíos con sus delicadas flores blancas. Con mucho cuidado corto una y sigo ese camino marcado. Coloco su tallo sobre el segundo botón de mi camisa abierta y una recobrada brisa juguetea con su perfume.

El espacio se abre en una plaza y con esa misma brisa todos los árboles agitan ahora sus copas. La fisura del sonido se rasga completa y oigo el arrullo de las hojas. Con sorpresa me llegan los piares y aleteos, allí están nuevamente, cientos, miles de aves que van y vienen. Me acomodo en el banco como en un remanso. Al seguir algún pájaro mis ojos encuentran al sol brillante y con él a los colores. Cuando bajó la vista me rodean todas las flores inadvertidas. Cansadas de esperarme se abren ansiosas buscándome para lucir orgullosas sus pétalos.

Me pienso feliz pero vuelvo a escuchar inquieto los ladridos. Con un vago recuerdo de dónde vengo, reemprendo la marcha. Es un largo camino polvoriento que cuesta arriba me lleva a la cima de una colina. Se hace largo y el sol aprieta, me saco la camisa y llevo la gardenia en la mano. Cambia el viento y de frente me trae otro olor, nuevo.  Busco en mi memoria, desconcertado, y al fin con una sonrisa lo reconozco, es el olor del mar.

Es un olor salino, a iodo, inconfundible. El polvo del camino se hace arena y la colina, duna. Antes de verlo ya lo oigo, ese rolar de las olas, una tras otra infinitas. Aparecen las gaviotas, cual centellas o esperando inmóviles en el viento su oportunidad rapaz. Llego a la cima, una suave pendiente de playa me lo muestra al fin. Llena el horizonte y acaricia incansable la costa con sus olas. Corro hacia él pues mis pies se queman y veo a mi perro, Chichón que le pelea enojado su espacio a cada ola y ladra pidiendo mi ayuda. Refresco mis pies a su lado y en traje de baño, siento que la gardenia me llama, esplendida, desde mi mano.

Acudo, y mientras siento que Chichón rasca la puerta, te beso con un suspiro el cuello bajo la oreja.

—Buen día mi amor, hoy salimos de vacaciones ¿Te acordás? — La despierto aspirando su suave perfume de gardenias.

 

Carlos Caro, Melchor, Gaspar y Baltasar (obra conjunta para el día de Reyes)

Paraná, 04 de diciembre de 2013

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Sobresaltos

Sobresalto1Me despierto atontado por el ruido del timbre ¡Otra vez! Julia ha cerrado la traba y la señora que limpia no puede entrar. Como un zombi tomo las llaves y me apresuro. A los cuatro pasos, mi cerebro que sigue dormido, con un destello me advierte que esas no son. Ya francamente molesto las cambio con un gesto altanero y me apuro hacia la puerta, arreglando como puedo mis cabellos y el pijama ¿Altanero con quién? me pregunto abriendo la entrada.

No hay nadie, sorprendido recorro con la vista toda la cuadra sin resultado. Cierro y mientras regreso experimento diferentes sensaciones: dudas por si lo sigo soñando, enojo por si ha sido algún gracioso y por fin desconcierto, pues todavía no me reconozco despierto. Con un suspiro, me vuelvo a acostar aliviado en el dormitorio aun oscuro.

Con calor después de almorzar, lleno apurado las bombitas de agua. Maldigo cuando por exagerado, alguno de esos pequeños globos de goma, por la presión de la canilla, estalla en mis manos. No importa, obsesivo, las sigo acumulando en el balde de plástico verde. Flotan en el agua, que a medida que las agrego va rebalsando. Es el único modo de mantenerlas húmedas para evitar que exploten al secarse. Creo que son suficientes y me corre la hora.

Me despido con un grito y bajo cuidadoso las escaleras. Aunque hoy el balde se me hace liviano debo evitar que el agua se derrame. Ya en la vereda y mientras espero “la bomba” estudio el campo de batalla. Diviso a mis aliados, cada cual con su colorido balde. Estamos desparramados a lo largo de las varias cuadras que alcanzo a ver. Con ansiedad trato de divisar los arteros escondites “del enemigo”, las mujeres. Las muy tramposas no tienen ningún límite y nos enfrentan las chicas, sus hermanas mayores, sus madres y hasta sus desvergonzadas abuelas.

Cuando la campana del reloj de la municipalidad comienza a dar las dos de la tarde nos aturde, cual trueno, la explosión de artificio que marca el reinado del Carnaval de agua. Cualquiera que durante la siesta no esté a refugio es un participante. Nos vamos juntando en grupos y nos dividimos el vecindario en diferentes zonas que comenzamos a explorar. Con el balde a cuestas sostenemos, amenazantes, pronta en la otra mano, una bombita, cada tanto la cambiamos por otra para que no se seque. Sólo la adrenalina que produce muestro sigilo nos permite mantener el esfuerzo.

De repente se abre la puerta de un zaguán, con una ensañada sorpresa nos ataca una tribu completa de mujeres. Vasitos, jarros, jarras y baldes son las armas con las que nos empapan de los pies a la cabeza. Hacemos tropezando una retirada estratégica para poder apuntar mejor y no llegar a la impensable lucha cuerpo a cuerpo. Pero… cuando nuestras bombitas les llueven sólo encuentran la puerta cerrada y un coro de divertidas risas femeninas. El desconcierto es tan grande que mientras seguimos adelante no sé quién evapora el agua de mi cuerpo si mi cólera o ese sol inclemente del verano. Más tarde no nos va tan mal, dando y recibiendo. Oímos nuevamente la explosión que marca el fin del desenfreno pluvial y la siesta a las cuatro de la tarde.

Nos vamos despidiendo de los eventuales compañeros cuando, justo a pocos metros de casa, me bañan desde un balcón. Las maldiciones quedan desesperadas dentro de mi boca, buscando inútil a las responsables escondidas. Por fin una sospecha atroz me hace correr hacia la puerta, podrían estar llenando el balde de nuevo las muy sordas.

Después de cenar, me doy cuenta que he rumiando mi venganza todo este tiempo. Me relamo anticipándome mientras recorto el pico del enorme pomo de plástico rojo. Su chorro de agua no será delicado, será como una inundación que bañe completa a esa arquetípica víctima.

Pido permiso y al rato me instalo en un banco de la plaza. Es la hora de “la vuelta del perro” en la que a pie o en auto, media ciudad gira a su alrededor. Lo hacen, me ha contado papá, para verse, para saludar, para conversar y conocerse. En fin, todas esas pavadas que parece que dentro de poco, misteriosamente, yo también compartiré.

Soy un tonto, me digo luego de un rato a mí mismo, cuando advierto que un grupo de chicas al ver el anuncio rojo que llevo, se cruzan prudentes a la otra vereda. Molesto me escondo detrás de un árbol y espío con un ojo depredador. La dejo pasar magnífica y, artero, por atrás le vacío medio pomo.

— ¡Ay! El pelo no… —. Me dicen afligidos esos ojos que me transforman inmóvil en un retrato.

—Perdón, era jugando— me disculpo mentiroso. Todo mi encono y venganza se me revela engaño y se esfuma dejándome miserable. El peso de una mano enorme sobre mi hombro libera mis músculos de la parálisis.

— ¿La están molestando señorita?

Increíblemente los ojos tristes se vuelven pícaros y su sonrisa iluminando la noche me redime.

—No agente, sólo estábamos jugando al carnaval— parpadea y se aleja como si bailara.

—Vamos pibe, agarrá el pomo que se te cayó, me vas a tener que acompañar a la comisaría.

Es un camino del que, por la cabeza gacha, sólo recuerdo mis pies.

—Sentate en el banco— me señala.

—Che Pérez, vigilámelo. Anda molestando en el centro, le aviso al oficial y me vuelvo.

Llevo días sentado en ese banco, deben ser como las tres de la madrugada.

—Acérquese— me conmina el agente Pérez detrás de un alto mostrador.

— ¿Nombre, apellido, dirección y teléfono? — Por un instante quiero mentir como un nene, pero hoy he dejado de serlo. Le dicto mis datos en el orden requerido y espero valiente la condena.

—Mire, por la fecha lo voy a dejar pasar. Tire el pomo a la papelera y vuelva directo a su casa. En un rato lo llamo por teléfono para asegurarme, vaya no más.

Asombrado y como fugado, corro, vuelo en el regreso. Al pasar leo confuso la hora en el reloj de la municipalidad. Sólo las once ¿Es la misma noche? Por las dudas entro despacito a casa, sin hacer ruido me fijo si hay luz por debajo de la puerta del dormitorio de mis padres. La oscuridad es ahora mi aliada, levanto el pesado teléfono negro y me siento con él sobre las piernas en el sillón del comedor. También tengo la mano pronta para atender de inmediato esa llamada de control, sin el más mínimo ruido.

Vuelve a alargarse el tiempo y me duermo. Suena el teléfono, me incorporo sorprendido. Pienso que se cayó adelante pero suena a mis espaldas.

—Si agente…

— ¿Juannn…?

— ¿Qué? No, acá no hay ningún Juan.

—Perdone, equivocado.

¡Maldición! Se han puesto de acuerdo en despertarme. Recurro una vez más al infalible método que descubrí aquella noche. Cuando mis padres me despertaron al día siguiente, aún en el sillón, sostenía el auricular en mi mano; para que al agente Pérez le diera ocupado.

 

Carlos Caro

Paraná, 07 de diciembre de 2013

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Ilusión y Elvira

Ilusión y Elvira MegustSus brazos sobre mi cuello, fuertes, desesperados. Ella sólo aspiraba aire, lo retenía para no gritar. Allí por fin murió su corazón. Me golpea el vacío que deja. El abrazo resignado se tornó última caricia. Tan angustiado estaba que sentí arder sus lágrimas y las mías en la mejilla. Inspiré, muy profundo para recordarlo, su suave perfume de jazmines. Quise creer que mis ojos veían borroso por estar envueltos entre sus cabellos.

Cuando se aflojó fue como un derrumbe. De pronto hubo espacio que nos separaba. Esa brecha caló hasta mi mente, otra vez fuimos dos. No pude entender esa soledad, hui herido hacia mis recuerdos.

Me reencuentro con tus ojos, tan fijos sobre los míos cuando lucía todos mis dones, mi verba y mis sonrisas en el afán de conquistarte. Me dejo llevar por ellos, en un remolino agridulce de felicidad y angustia ante cada parpadeo. Los paseos tranquilos y cariñosos sobre el césped o agitados y compañeros sobre las veredas. Esas mil y una tonterías que sólo nosotros advertíamos con una sonrisa compartida. Rodeados inocentes por cejos fruncidos que envidian nuestro… ¿Amor?

Fue como encontrar una nueva flor, un espléndido coral u otro color en el arco iris. Algo tan enorme que nuestras almas fatigadas de soledad bebieron hasta saciarse maravilladas. Ese era el nido en nuestros corazones del que hablan, incomprendidos, los poetas. Es la fuerza que anima, que busca, que crea, la que une y manda a cruzar la vida a cada pareja. Ni siquiera imagino que una vida humana se pueda transitar solo, sin amor, sin cariño y sin apoyo.

Sin embargo, tal castigo quisieron imponernos. No aceptaron nuestra unión por ser primos. Nos trataron como a tontos e irresponsables. Intentaron separarnos ¡Locos! Ya éramos uno, debían cortar la carne si querían lograrlo. Quizás amputar mis piernas y tus brazos les hubiera bastado.

Todopoderosos huimos lejos, para comenzar la vida de nuevo sin apellidos, desde cero. Casi lo logramos. En el año dos de nuestra era juntos, nació Elvira. Desde que la tuve por primera vez en mis brazos y vi su rostro, sentí ambivalente un cariño infinito y una sorpresiva nostalgia.

Inocente, la pequeña estalló como una bomba, hizo mil pedazos nuestro bucólico pasar. Con solo tu instinto como escuela, desde ese día atendiste todos los horarios y todas sus necesidades. Tantas noches molestadas, tanto trajín durante el día, finalmente me acorralaron en mi papel de proveedor.

Con las artesanías y los turistas no alcanzaba, de modo que busqué un trabajo que nos sostuviera. Durante esos meses fui un malabarista que mantenía en el aire los problemas cual pelotas de colores. Algunas veces eran más y otras menos, pero aún con el pulso tembloroso, no dejé caer ninguno.

Temprano te traía a Elvira para que la amamantaras, salía corriendo antes del amanecer para ojear las páginas de empleos de los diarios recién llegados. Con el plan preparado, recorría la mañana con entrevistas. Al mediodía y por la tarde vendía artesanías en la plaza; ya anochecido pasaba por el almacén en pos de lo imprescindible y visitaba la farmacia por pañales, tantos…Vos me recibías con un beso y Elvira… llorando y llorando.

Creo que la falta de sueño, la fatiga, el mal comer y en tu caso, los requerimientos de la nena, nos embrutecieron. Cual robots, no podíamos detenernos ni un instantes a pensar o sentir. Solo así logramos seguir día a día. Algo mejoramos, pero la culpa de su concepción, fue ese corrosivo diario que carcomió sin pausa ni piedad las murallas que protegían nuestro único núcleo. Nos empeñamos algunos años, apretando los dientes, mientras inútil, esperábamos desesperados que algo cambiara. De soslayo veíamos el abismo, pero fieles mirábamos al frente con una sonrisa macabra.

Cuando girás y me das la espalda, la impresión contundente de lo definitivo me regresa desde la memoria. Te veo alejarte lentamente, con los hombros bajos, como de luto, arrastrando una vida que ha dejado de serlo. El sol se apaga, como en un eclipse y el mundo se llena de sombras. En ellas quedarán estos meses de peleas, recriminaciones y desgarramiento.

Cierro la puerta y, como si soplara sobre los rescoldos de nuestro amor, su brillo me hace sufrir tu soledad. Me apena que no lo comprendas, que ya no tengas por quien vivir.

Siento que recorren mi espalda unos pequeños ojos semivacíos. Me recompongo y con la mejor de mis sonrisas giro y me enfrento, con mi amor inclaudicable, a su carita sin expresión.

¡Elvira! ¿Estabas espiando…?

 

Carlos Caro

Paraná, 13 de Noviembre de 2013

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Que nadie llore por mí

Que no lloren 3Ayer visité una casa ajena, su título era “Papá”. Cuando comencé a leer la pantalla perdió brillo, me vi de pronto rodeado de sombras. Tal era la aflicción de esa hermana menor, que me recordó de pronto ese abismo de dolor y vacío que, como un castigo, llevé durante años. Por un momento hasta casi sentí de nuevo a los perros de la angustia morderme el corazón.

Me sacudí todo ese dolor prestado de quien luchaba con la pérdida de un padre. Intenté dejarle un consuelo… Demasiado escueto, quizás ni siquiera con la profundidad necesaria. No sería comprendido, era inútil, mis palabras no le llegarían. En el mismo momento advertí que algún día mi propia sangre transitaría ese calvario. Mi felicidad se apagó bajo esa culpa y finalmente agregué mi agradecimiento por habérmelo recordado.

Es por eso que dejo este testamento, no sólo para mis hijos y allegados sino también, para cualquiera que lo necesite. Puede ser entendido hoy o guardado durante años ya que no perderá vigencia mientras el hombre siga siéndolo.

Reparto aquí mi mayor riqueza: la certeza.

Solo puedo mostrarla y describirla, distraído, ni siquiera sé qué caminos transité para llegar a ella. Sin dudas, no se trata de religión o auto-ayuda. Podrían ser sólo una montaña de años y la continua reflexión. Después de todo, ya mayor, hasta veo divertido a mis jóvenes padres, detenidos en el tiempo por mi mente.

Resulta extraño cruzar esa línea. Hasta alcanzarla tenían la aureola de la paternidad y hace algunos años que, con sorpresa, puedo verlos como a cualquier persona, con sus virtudes y sus defectos. Puedo al fin darles un amor humano.

Allí hay algo de la respuesta; mi amor egoísta de familia, tribu y nación abarca ahora a toda la humanidad que comprendo. Debo reconocer que a la mayor parte de ella no la puedo abarcar; he estudiado todo lo posible y seguiré intentándolo, pero mi pauta cultural es demasiado fuerte y apenas rozo la superficie.

Como al pasar, la primera certeza es fácil y ya en mi madurez la obtuve: Dios.

Uso la palabra a modo de sello por conocida y reconocida, aún quien no lo tenga, sabe de qué hablo. No aludo a ninguna religión, mito o necesidad. Soy ingeniero y como tal desayuno matemáticas, almuerzo física y ceno con química. Existen en la naturaleza tantas “excepciones” sin las cuales no existiríamos, o no como humanos, al menos, que sería de necios pensar que todas y juntas son fruto del azar.

En ciencias no pueden existir las casualidades, dos más dos no son “casualmente” cuatro. No me crean, sólo pregúntenle a algún conocido que sepa de ciencias y que tenga más de… cuarenta y cinco años. Eso sí, consúltenlo privada, confidencialmente, y si es posible con algo de alcohol de por medio. Está tan asustado como todos mis colegas de que lo crean religioso, chamán o profeta y de esa manera perder su reputación de serio.

En estos momentos, lo últimos descubrimientos son como un maremoto: en la superficie ni se nota pero debajo…Debajo están barriendo la asepsia de la ciencia, están haciendo añicos casi doscientos años de teorías, están derrumbando egos enormes que caen bajo el peso de esa misma ciencia que los encumbró. No es de maldad sino de bienvenida mi sonrisa y la palmada de consuelo que les doy sobre la espalda.

Por fin, creo que me serviré para explicarlo, de parte de una carta enviada a una amiga que pasaba por circunstancias parecidas:

“Sin embargo, aunque me emocione, entienda y hasta recuerde la amputación, injusta, dolorosa, palpitante, total, insoportable e incomprensible, con cariño y amor te digo: somos más que carne. El fuego que existe dentro de cada uno no se apaga, a lo sumo cambia. Si nos duele es de ansiosos, están a la vuelta de la esquina. En un instante de este universo ya estaremos juntos de nuevo.

Fijate que este mundo de razón empezó con los griegos que, justamente, pensaban lo contrario. Todo debía ser vivido desaforadamente. Llegabas a semidiós o te sumergías en las sombras, pues Nada existía; era Hades y allí terminaba todo.

Pensá ¿Cuánta razón se ha necesitado para desarraigarte de tu alma? La misma razón ¿No te indica que sería un desperdicio inaceptable que la esencia enorme de cada uno desaparezca?

Creo que por lo menos vale la duda, la mayor parte de mi vida la tuve. Ojalá pudiera decirte cómo obtuve la certeza. Desde ningún lugar te llamo, te grito, te prometo, te aseguro que no hay nada igual a sentirse completo, unido, “amuchado” en el tiempo y el espacio. Que la historia te atraviesa y te lleva y te engarza con la humanidad de ahora y de siempre.

Y si esta nota no se nota, escribiré otra y otra. Siempre vale la pena. Todos somos todos,”

Hijos, compañeros, amigos. Mi camino recién comienza y soy feliz. Por favor, que nadie llore por mí.

 

Carlos Caro

Paraná, 11 de diciembre de 2013

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Desahogo

desahogo“Mármol, golpe, cincel; golpe, cincel. Estruendo, astillas. Furia, hierro, locura, destruyo. Mi brazo insensible se ha adueñado de mi mente, es una marea roja que ocupa el lugar de mi humanidad. El corazón y los pulmones se disparan siguiendo el esfuerzo. Cuando la gravedad impide que levante ni una sola vez más al martillo con mi brazo vencido, miro atónito en derredor.

Veo nuevamente el mundo físico que he destruido como a un reflejo de mi alma. Todas sus partes aparecen desechas y dislocadas, yendo más allá de mí, comprendo que es el universo el que se ha desmoronado. El cielo se rasga como un telón, veo las estrellas brillar por la noche en medio del día. La lluvia sube, las flores se marchitan y los pájaros me gritan. Sí, me gritan con chirridos escalofriantes que me atemorizan. Temor. Su amarillo reemplaza al rojo de la ira. Al comprobarlo siento que mis emociones se han transformado en un calidoscopio imprevisible. Es entonces cuando comprendo que esas sombras son el atávico miedo que se acerca.

Corro, corro despavorido para alejarme. Atravieso formas y tiempo, todo es insustancial. No tengo referencias ni contexto. Estoy perdido en mi mente. Mi arte me ha hecho volar demasiado alto y como a Ícaro, el dador de vida, cual sol, ha disuelto la cera de mis alas y caigo. Desciendo maldecido desde un Olimpo que no merezco. Mi vanidad ha sobrepasado toda lógica y me ha convencido como aquella serpiente maldita de que tengo el don supremo.

Pequeño, siento que me abraza protegiéndome mi joven y cansada mamá. Ha quedado fija en mi memoria y corazón desde que la perdí a los seis años. Su recuerdo me conduce a mi nodriza y al polvo inspirador que traía su marido picapedrero. También me devuelve el desgarramiento de esa nueva separación que me impusieron los inútiles estudios que determinó mi padre.

Me vuelvo a molestar por las continuas discusiones con él, las que, finalizando mi niñez y durante la adolescencia, se repitieron sin cesar una vez tras otra. Sólo el brillo poderoso de mi genio que finalmente se translucía, pudo acallar sus dudas. Cuando comencé mis estudios artísticos y La Familia Principal advirtió mi talento, fui elevado. Todos nos convencimos entonces. Mi avaricia nos protegería y en el futuro la familia se sentiría segura.

Mi trabajo fue creciendo y mejorando entre una y otra ciudad. Fui ensalzado como ninguno y tan mal pago, a mi entender, como nadie.  Escalé con esfuerzo y tesón hasta la misma cima de la perfección. Ya casi terminando mi vida, con la familia acomodada, solo me quedaba tu última entelequia.

No he tenido hijos, hace años que te perfecciono, hasta he girado tu rostro para ver la vida surgir de él ¿Qué más quieres, qué más necesitas, mi sangre? Desagradecido Moisés, hecho para tumba, he rescatado tu futuro y sin embargo vives callado.

— ¿Perché non parli? — Te grito alienado de nuevo mientras suelto el martillo y lloro por el daño que le he hecho a tu rodilla.

Michelangelo Buonarroti”

 

Carlos Caro

Paraná, 16 de enero de 2014

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Limpieza

LimpiezaLa orden ha sido terminante, el tono inapelable. Enfurruñado me encuentro asándome en la caldera de un horno, vaciando de trastos el armario del garaje. Termino reconociendo la razón del reclamo de Julia. Ya he llenado dos bolsas y sigo descartando cables viejos, latas vacías, clavos, tornillos y arandelas. Varios trozos de soga para emergencias, pero con tantos años, que a no ser que intente suicidarme con ellos no tendrán el menor uso. Bidones inútiles y varios envases con restos de extraños aceites minerales. Todo enmascarado detrás de un polvo ubicuo. Frunzo el ceño pensando quien ha excluido al plumero de estos lugares.

Mi mal humor campea cuando sorprendido tiro de él. Mi mano me parece extraña mientras lo sostiene vacilante con ¿Temor, admiración, incredulidad? El mundo se aleja y me encuentro aislado, suelto la bolsa y con delicadeza intento recuperar sus restos. Con paciencia y ternura lo voy liberando poco a poco, de esa compañía que, envidiosa, lo aferra. Controlo mi ansiedad para no dañarlo más y por fin, tras las centurias que han pasado en esta porfía, lo acuno en mis brazos.

Me siento culpable por su estado y por su olvido. Es extraño, desde pequeño me he apegado mucho a las cosas. Siento como que en ellas persisten los momentos felices que compartimos. Más tarde, razoné que con una infancia tan llena de mudanzas, aparte de mi familia, representaban una inmutabilidad y permanencia que el resto de las personas no me daban.

Sea como fuere mi personalidad se formó rara. Al interactuar con cualquier objeto, luego de un tiempo les encuentro una personalidad. Intuyo que su existencia depende de la mía. Que sufren y se alegran según me compartan. No les asigno conciencia pero creo tienen un lugar en la mía.

Me siento en el primer escalón de la escalera y con un paño, limpiándolo, trato de mejorar su aspecto. No tiene remedio, su brillante papel amarillo luce deslucido, manchado y roto. Su alma que es su cruz esta descuadrada, las cuadernas de cáñamo, resecas y arqueadas. De su otrora orgullosa y multicolor cola, sólo queda un corto trapo sucio.

Desolado me encuentro con papá o el tío Alfredo que en diferentes momentos de la infancia me revelaron los arcanos secretos de su construcción. Me fabricaron sólo tres y a todos los perdí torpemente, enredados entre cables de electricidad. Tuve que presenciar con impotencia cómo el viento, la lluvia y el sol los transformaron en nada.

Años después, buscando una pequeña revancha a la vida, le transmití ese entusiasmo a mi hijo. Alegres partimos en pos de los materiales necesarios y entonces me encontré con que los años transcurridos eran una montaña y el mundo otro, distinto.

Toda búsqueda fue inútil. Tuve que comprar una caña de pesca para de ella, destruyéndola, recortar los livianos y fuertes brazos de la cruz. Incrédulo busqué hasta el hartazgo al hilo sisal y resignado lo reemplace de mala gana por hilo de nylon. Por suerte el papel de seda ha sido más persistente y aun me río recordando lo que demoramos y discutimos al elegir su color.

Entre estas dificultades para conseguir sus componentes y mis lagunas mentales sobre su construcción, demoramos casi dos semanas en tenerlo listo. Allí estaba, el magnífico barrilete amarillo de mi hijo, casi tan alto como él. Anudamos muchos retazos de colores que formaron su larga cola y partimos airosos a probarlo.

El viento era propicio y por mis amargas experiencias, elegimos situar la lanzadera de Cabo Cañaveral en medio del Parque. No fue fácil, debimos corregir el amarre de los hilos para que su inclinación lo elevara al cielo. Después, cabeceaba demasiado y fuimos alargando su cola con más retazos. Cada despegue exigía una carrera hasta que el viento se hacía cargo. De modo que recién al atardecer, agotado, pude al fin ver a mi hijo disfrutar de su vuelo tranquilo.

La luz menguante me reencuentra en las sombras del garaje. Con cuidado desaté la cruz y lo plegué con suavidad. Aprovecho una desechada caja de cartón y lo guardo allí, junto a mis recuerdos. Lo escondo en un lugar más protegido; sé que Julia me entenderá

¿O yo también me escondo y no se lo cuento?

 

Carlos Caro

Paraná, 22 de enero de 2014

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